Ricardo, un Montesco en el oeste caraqueño

Entre los espejos de la sala H se puede apreciar la hora del reloj digital que pende en el lugar 3:48 p.m. Ricardo empapado de sudor se disculpa para ir a cambiar su indumentaria. Vuelve con un atuendo casi tan ajustada como el anterior pero esta vez completamente seco. 

Es 15 de octubre y ya la luz del día no permitiría un registro audiovisual aceptable para el espacio donde decidimos conversar. Estamos en la plaza que cubre buena parte del sótano 1 del Teatro Teresa Carreño, la grabadora de sonido está encendida desde que salimos de la sala. El busto de Teresa Carreño parece mirarnos de reojo. Nuestro Romeo erguido se mantendría de pie durante los 17 minutos de la conversa. Flanqueados por mis jefes, comienzo con preguntas que ratifican mi ignorancia ante el ballet y mi determinación de escuchar todo el tiempo que sea necesario hasta obtener un número de caracteres significativos para esta nota.

Desde la primera pregunta ¿Cuánto tiempo llevas en el ballet, en la danza? Inmediatamente el notó el error y quizá precisó que no estaba ante un experto del ballet. Sin embargo el gesto nunca fue displicente ni altivo. Entendió, supongo, que aspiraba encontrar en él un pasar de los años que procuran experiencia, un porqué de su papel.

Dice: “Imagínate, comencé a los quince años; ahora tengo cuarenta… Unos veinticinco años.” Una edad cronológica que no se nota en una bien cuidada apariencia y un rostro jovial donde su complexión trigueña es iluminada por sus ojos rayados.

En tanto una experiencia en el medio que pareciera indicar se avecina el retiro. Ricardo comenzó a bailar a los 15 años, luego de ser impresionado por una coreografía de Nebrada en la televisión. Allí que en el Teatro estaban tras jóvenes que desearan cultivarse en el ballet. Se ‘jubiló’ de su casa un día, recuerda haber tomado el metro desde Pérez Bonalde (en ese entonces apenas llegaba hasta Chacaíto) dejó el tren en Bellas Artes y se acercó al Teresa Carreño.

Así dio con la maestra Josefina Conchezzo. Para entonces era el único participante de sexo masculino en entrenarse junto a un montón de chicas por tanto veía clases con los bailarines del cuerpo estable del teatro hasta descubrir el Instituto Superior de Danza de los Cortijos. En estas lidias, Ricardo pasó buena parte de su florecimiento hasta alcanzar lo que en pocos días será su consagración como bailarín.

Cuenta que llegaba con la braga y las uñas sucias de la jornada académico - técnica, luego de salir de clases de la Escuela Técnica Rafael Vegas donde se gradúo como Técnico Medio en Ajustes. Ricardo aprendió a trabajar a detalle piezas de metal hasta llevarlas a productos finales. Nuestro Romeo siempre ha vivido en la Carretera Vieja de la Guaira, en Catia, parroquia Sucre.

De la salida del liceo tenía una hora exacta para llegar desde Pérez Bonalde hasta los Cortijos. Con el tiempo, Ricardo también se formó como administrador de empresas turísticas y hoteleras, sin embargo, es el ballet su máximo quehacer.

Mientras rinde cuenta de su formación en el ballet, surgen nombres conocidos en el ámbito, los cuales incidieron en su pasión por la técnica en los movimientos del cuerpo. También deja claro de ser uno de los pocos que quedan de su generación sobre el escenario. Al final de su lista surge con voz orgullosa el nombre de Héctor Sanzana, el coreógrafo que le dio la oportunidad de interpretar Romeo hace cuatro años en la escena del balcón, recuerda haber representado este acto en la propia Verona donde logró arrancar las lágrimas del público gracias a la expresividad demostrada en su personaje.

Eso con tan solo un acto. Durante un buen tiempo estuvo representando a Romeo por fragmentos, hasta 2014 cuando Sanzana le da la sorpresa de que tendrá el personaje principal en el Romeo y Julieta del Ballet Teresa Carreño. Su ardua preparación para este papel lo obligó a reinventarse y reestructurarse pues siente haber pasado de un bailarín preocupado por la pureza de los movimientos a un bailarín más enfocado en las alteraciones del temperamento que exige el personaje.

Frente a 25 años como bailarín, Ricardo menciona el castigo de los años sobre su cuerpo, ligamentos rotos, dolencias y la posibilidad de un retiro. Pese a no dar una fecha para esto, ya habita en él la determinación de dedicarse a la formación, es actualmente maestro en la Escuela Arte Nuevo y aspira dedicarse pronto de lleno a transmitir sus conocimientos.

Para la foto final, Rodríguez decide quitarse sus zapatos amarillos que no prestaban con su vestuario oscuro. Luego de la gráfica parte ansioso al primer ensayo donde la orquesta sinfónica y el ballet del teatro se acoplarán para llevar al público el clásico isabelino más celebrado de todos los tiempos.

En Ricardo Rodríguez veremos a un artista maduro, a un hombre que se surgió de duras situaciones económicas y anímicas, las cuales, le permitieron consagrar su dedicación en Romeo Montesco, el personaje que apreciamos desde este 16 octubre en la Sala Ríos Reyna del complejo cultural más importante para la presentación de espectáculos del país.

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